
Lo que hay en Igualada no es un plató con fondos de colores. Es un lugar construido a lo largo de años: decorados montados a mano, muros de calaveras, tronos, máscaras, neones, humo. Un sitio que existe aunque no venga nadie.
Casi nadie de quienes llegan se había hecho fotos así antes. No son modelos, no saben posar, y lo sueltan nada más entrar. Da igual: para eso estoy yo detrás de la cámara. Aquí nadie tiene que saber nada.
Lo único que tienes que decidir es cómo quieres entrar. Y aquí es donde mucha gente se lía, así que lo digo claro desde el principio: no todas las sesiones son una historia. Solo una de las tres lo es.
Comparten el mismo lugar, el mismo atrezzo y la misma persona detrás de la cámara. Lo que cambia es qué ocurre dentro.

Es una sesión de fotos, sin vueltas. Tuya, de tu banda, de tu pareja, de tu proyecto o de un cumpleaños. Vienes, eliges los rincones que más te gustan, usas el atrezzo y yo te dirijo para que salgan bien. No hay guion, no hay personaje y no hay nadie esperándote detrás de una puerta. Solo el mejor decorado que vas a encontrar por aquí y alguien con treinta años de oficio disparando. Si lo que quieres son buenas fotos en un sitio que no se parece a nada, esta es tu puerta.

Aquí sí hay ficción, y es la única de las tres que la tiene. Antes de venir construyes un personaje: quién es, de dónde sale, qué esconde. Ese personaje es tuyo. Lo que le ocurra, no: eso lo decide Erik, y no lo vas a saber hasta que estés dentro. Eliges hasta dónde quieres que llegue, hay cuatro niveles, y a partir de ahí ya no vuelves a decidir nada. Cruzas la puerta y dejas de ser tú durante tres horas.

Ni personaje ni guion. Aquí no interpretas a nadie: quien está delante de la cámara eres tú, con lo que traigas puesto ese día. Hablamos antes, decidimos juntos qué quieres sacar fuera, y luego la cámara hace de espejo. Es la más lenta de las tres y la más silenciosa. Mucha gente sale diciendo que le ha removido algo. Aviso por delante: esto es arte, no es terapia, y yo no soy terapeuta.
No hacen falta para hacerte fotos. Pero están, y llevan más tiempo en esta casa que los decorados.

Erik no colecciona fotografías: colecciona almas. Su trabajo es sencillo y lleva mucho tiempo haciéndolo, encontrar lo que escondes, sacártelo y quedárselo. Es quien dirige el modo Historia, quien dicta tu sentencia y quien decide cuánto te va a costar salir. No negocia contigo: lo que se podía negociar lo negociaste antes de cruzar la puerta.

Nyxara es bruja, y todo lo que Erik atrapa termina en ella: se alimenta de las almas para hacer crecer su magia. Desprecia a los humanos y no se molesta en disimularlo. Nadie sabe cuándo va a dejarse ver, ni siquiera yo. Pero conviene entender una cosa: todo lo que ocurre en esta casa ocurre porque ella tiene hambre.
Me escribes y me cuentas qué te atrae de todo esto. No hace falta que lo tengas claro: casi todo el mundo empieza con un «no sé bien lo que quiero, pero esto me llama».
Le pones nombre, procedencia y una herida. Con cuatro trazos basta, de ahí saco yo el resto. Es lo único de toda la experiencia que controlas tú por completo.
Eliges el nivel, marcas tus límites y decides tu palabra. Todo lo que vas a decidir lo decides aquí. Es lo último que decides.
Con tu personaje delante se decide qué se te va a cobrar y de qué manera. No lo vas a leer. Si lo supieras de antemano no valdría nada.

Repasamos tu palabra una sola vez, te caracterizo, y se acabaron las explicaciones. A partir de ahí ni tú eres tú ni yo soy yo.
Entre dos y tres horas dentro. Sin pausas para consultar, sin ajustar sobre la marcha, sin salir y volver a entrar. Tu palabra funciona siempre y lo detiene todo de golpe, pero no es un mando de volumen: es un interruptor.
Entre 20 y 25 imágenes retocadas en cinco días. No son fotos tuyas: son lo único que queda de alguien que existió durante tres horas.
Prefiero decírtelo ahora que cobrarte y que salgas pensando que no era lo que esperabas.




Escríbeme y lo hablamos. Si veo que esto no es para ti, te lo digo yo antes que tú.