
La mayoría llega diciendo lo mismo: «yo es que salgo fatal en las fotos».
No es verdad. Lo que pasa es que casi todas tus fotos son de alguien que te pilló desprevenido, o de un móvil a contraluz, o de un cumpleaños en un bar con fluorescentes. Nadie sale bien así. Y como todas las fotos que tienes de ti son esas, acabas creyéndote que ese eres tú.
Aquí no. Aquí hay dos horas, un sitio pensado para que la luz caiga como debe caer, y alguien detrás de la cámara diciéndote qué hacer para que no tengas que pensarlo. Con eso basta. No hace falta ser guapo ni tener veinte años ni saber posar: hace falta que alguien te enseñe cómo te ve el resto de la gente cuando no estás pendiente de salir bien.
Lo que te llevas son veinte imágenes en las que te reconoces. Una para el perfil que llevas cuatro años sin cambiar. Una para enmarcar. Y las demás para que un día, buscando otra cosa, te las encuentres y pienses «anda, si soy yo».
Y para muchos, lo que se llevan sobre todo es haber hecho algo distinto un sábado por la tarde. Que tampoco es poco.


